viernes, 18 de julio de 2014

SEIS HORAS ENTRE EL GUAGUA Y EL RUCO


Un sendero de 14 Kilómetros, a 4000 metros de altura,  entre pajonales, arena y rocas, es un exigente desafío para intrépidos caminantes. 

El conglomerado del Pichincha es una montaña que milenariamente custodia la ciudad de Quito. El coloso de arena y roca cuenta con tres picos principales, muy populares entre los quiteños, amantes del excursionismo y la  aventura. Los principales picos son los vestigios de la intensa actividad volcánica que por miles de años ha experimentado el macizo, a los que desde tiempos coloniales se les ha llamado: “Guagua Pichincha”, “Padre Encantado” y “Ruco Pichincha”.

Como se trata de una caminata larga y exigente hay que comenzar muy temprano, con los primero rayos de sol. Desde Lloa, una antigua parroquia rural al sur occidente de Quito, se renta una camioneta doble tracción que transporte a los aventureros hasta el refugio del “Guagua Pichincha”, sitio en el cual inicia la aventura.

Del refugio a la cumbre del Guagua hay una hora de caminata y 100 metros de desnivel. Los primeros pasos son pausados, para acostumbrarse a la altura y al esfuerzo. Por un arenal claramente marcado, poco a poco, se va ganado altura y calor, para compensar un poco el intenso frio de la mañana montañera.

Luego de atravesar un extenuante arenal y algunas rocas se alcanza la cumbre del “Guagua”  y la primera meta propuesta. Llegar a 4630 metros sobre el nivel del mar es francamente gratificante.

Desde la cumbre del Guagua, mirando hacia el oriente, se divisa los otros dos  integrantes de esta familia rocosa. Separado por “el pailón” un pequeño valle de altura se levanta majestuoso el “Padre Encantado”, la segunda meta de esta fascinante aventura, un poco más atrás, el tercer coloso,  el “Ruco”, el viejo y famoso guardián de la capital.

Desde la cumbre del Guagua se desciende hacia el pailón por un arenal de gran desnivel. Inclinando un poco las piernas, clavando los talones en la arena y dando largas y rápidas zancadas, en 15 minutos se baja lo que en una hora se subió.

La siguiente hora  se va en atravesar el páramo del pailón, un pequeño collado que permite aproximarse  a la base de roca del siguiente cerro. A esta hora de la mañana el sol calienta agradablemente, lo que contrasta con el viento frio de montaña, que de rato en rato silba por entre los pajonales. 

Es casi medio día cuando se ha alcanzado la base del “Padre Encantado”. De aquí en adelante viene la parte más dura de la actividad. Para llegar a las paredes occidentales del “Ruco” es necesario seguir el sendero, que corre sobre el valle ”El Olivo” y salvar un desnivel de casi 200 metros entre rocas, arena, sudor, esfuerzo y en algunas ocasiones incluso lágrimas.

Ascender al Ruco significa subir por las paredes internas de la montaña, convertidas de tramo en tramo en grandes arenales, que ayudan en el descenso, pero que se convierten en un calvario en el ascenso.

A simple vista, desde el sendero a la ventana del “Ruco”, el paisaje es abrumador. Para los ojos de un novato, el encaramarse por esa pared se presenta como tarea imposible, sin embargo con el espíritu de aventura metido entre los huesos, se emprende resignadamente el desafío.

Un paso tras otro, asentando fuerte las pisadas sobre deleznable arenal, siguiendo la huella del antecesor y respirando profundamente, de a poco se va ganado altura. Por dentro se escucha el incesante palpitar del corazón que se desboca, por fuera las piernas, la espalda, todo el cuerpo protesta por el esfuerzo. Solo la cabeza está clara, concentrada, atenta a la meta, al paisaje, al peligro, a la maravilla de la naturaleza plasmada entre arena, rocas, viento y niebla.

Una hora de extenuante ascenso por el arenal y se llega a la ventana del Ruco, al asomarse por esta un nuevo y fascinante paisaje se presenta, los páramos que descienden hasta gigantesca ciudad que circunda la montaña; Quito se presenta con todo su esplendor, colores y contrastes.

Desde este pequeño resalte rocoso, hacia arriba, una nueva meta espera, a tan solo media hora está la cumbre del Ruco. Ahora la técnica es diferente, es la hora de la escalada. Utilizando piernas y manos se debe ir encaramando roca tras roca. La adrenalina reemplaza al cansancio y la atención se pone en su mejor momento, hay que pensar lo que se hace y estar muy atento a las piedras, que de cuando en cuando, a algún desprevenido compañero se le escapa.

Llegar a la cumbre es alcanzar el cielo con las manos, dicen los montañistas y la frase se hace literal cuando una nube se posa sobre el coloso, pero cuando está despejado el paisaje es grandioso: picos, páramos, vegetación, ciudad y caminantes completan la postal.

De cualquier forma, con sol o nublado, con frio, con viento, con cansancio, con sustos, al completar las seis horas  de exigente caminata,  el corazón del  caminante se llena de alegría y gratitud por la aventura lograda.

Subiendo a la cumbre del Guagua

Miembros del grupo El-Sadday durante un descaso

Rumbo al arenal del Ruco


Miembros del grupo El-Sadday en la cumbre del Ruco,
se destaca la presencia de Fabián Zurita (segundo a la izquierda),
fundador del grupo

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