viernes, 18 de julio de 2014
Mitad del Mundo-Rayocucho
RUTA MITAD DEL MUNDO-RAYOCUCHO
Ver la ruta Una ruta sencilla para pasear en bicicleta, en familia, entre amigos o solo(a). Salgo desde el redondel de la “Mitad del Mundo” y tomo la vía que conduce a Calacalí. La carretera, que tiene un promedio de 5 a 6 % de pendiente, es muy cómoda para pedalear, aunque siempre hay que estar prevenido de los vehículos que pasan rozando las orejas, la mayoría de los cuales se dirigen a la zona del occidente de Pichincha (Nanegalito, Mindo, Los Bancos, etc.). Dos puntos de referencia en el camino son: el ingreso a la “ventana del Pululahua” (un mirador turístico al interior de la caldera del famoso volcán) y una capilla a la Virgen María, al lado izquierdo de la carretera; este último marca el final de la cuesta. Desde este punto, hacia la izquierda, hay un sendero que bordea algunas lomas, ramales del Casitagua, muy interesante para los fotógrafos de aves. Concluida la cuesta se sale a la explanada del valle de Calacalí, antes de llegar a esta parroquia se pasa por el un centro de abastecimiento regional de una popular cadena de supermercados; una bomba de gasolina, donde se puede abastecer de agua, hidratantes y alimentos, e incluso dejar el vehículo, si desde aquí se inicia la aventura; y, el ingreso a la Reserva Geobotánica del Pululahua (sector Moraspungo), un lugar para muchas actividades de senderismo y bicicleta de montaña. A algo más de un kilómetro de la “Y” de Calacalí, continuando por la carretera, se toma a un camino adoquinado que conduce a Rayocucho. Desde este punto hasta el destino final hay cuatro kilómetros; la primera parte por terreno adoquinado, y luego por un camino de tierra y arena, relativamente plano. A lo largo del camino se puede observar diversas plantaciones, especialmente maíz e incluso una finca que producen “hongos comestibles y medicinales”. Antes de llegar al centro del pueblo, hay un desvío (marcado en el “track” como ‘vía a Cotocollao”), por el cual se asciende al Casitagua. El objetivo de esta guía es solo Rayocucho, para lo cual hay que seguir el camino recto, sin embargo, con ganas de explorar un poco me adentro por un complicado sendero. Un camino bastante deteriorado por el cual circulan, supongo que con mucha dificultad, vehículos, bicicletas y motos (a decir de los moradores del sector). La ruta, conformada básicamente por arena, tiene una gran pendiente (12 a 13 % en promedio, en algunos tramos mucho más), por lo que me imagino que solo es apta para ciclistas fuertes y experimentados; un ciclista de medio pelo como yo, tiene que recurrir a la técnica más práctica para subir cuestas empinadas: ¡bajarse y empujar!. En esta aproximación solo pude explorar hasta media montaña, sin embargo por lo que me dijeron y lo pude constatar visualmente (y luego en casa también, gracias a la magia del “Google Earth”) es posible llegar hasta la arista del volcán y por ahí descender a Cotocollao. Con mejor preparación, más ganas y más tiempo, seguro logro culminar la ruta. Regreso, con mucho cuidado en el descenso, una vez en el camino plano continuo hasta la zona central de Rayocucho en donde se levanta una sencilla iglesia; frente a esta, en una cancha de futbol se desarrolla un vigoroso partido por el campeonato local, cuyos jugadores “sudan la camiseta” con más entusiasmo y ahínco que los mundialistas y los espectadores, parientes y vecinos, se juegan un partido a parte con gritos y bromas de alto tono, que dan al encuentro el sabor coloquial de un domingo de pueblo. Yo disfruto del partido y de unas deliciosas, empanadas del viento, que me prepara doña María Lema, mientras me cuenta sobre la zona y sus moradores. La zona de Rayocucho es un barrio perteneciente a la parroquia rural Calacalí, del cantón Quito, un antiguo caserío producto de la antigua hacienda “El Carmen de Rayocucho”; un pintoresco pueblo disperso asentado al interior de lo que parece ser la caldera del extinto (?) volcán Casitagua. Hacia el fondo del camino hay una hostería, me dice. Luego del ver el final del primer tiempo, saborear las empanadas y una amena charla, emprendo el retorno a casa por el mismo camino que hasta aquí me trajo; regreso contento, algo cansado, pero con una agradable sensación que me hace realmente ¡sentirme vivo!
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